Respuesta de AVATMA al Vicepresidente del Colegio de Veterinarios de Córdoba, José Luis Prieto Garrido

RESPUESTA DE AVATMA AL VICEPRESIDENTE DEL COLEGIO DE VETERINARIOS DE CÓRDOBA, JOSÉ LUIS PRIETO GARRIDO. POR SU ENTRADA EN EL DIARIO CÓRDOBA EL 21 DE ENERO DE 2016


 

CORDOBA-vice


Hace casi seis años, tras un proceso ejemplar en el que fueron escuchadas todas las partes implicadas, incluidos los veterinarios de AVATMA, el Parlamento de Cataluña aprobó la prohibición de las corridas de toros en su espacio geográfico, en el que tenía y tiene competencias para hacerlo. Lo del escaso margen en la votación, pues mire usted, según quién y cómo se mire: 68 votos a favor, 55 en contra y 9 abstenciones. El proceso fue bastante diferente al que hizo de la tauromaquia Patrimonio Cultural de España, a través de otra ILP, hecho consumado gracias al rodillo de la mayoría absoluta del PP.

Como usted sabe lo que se intentó fue hacer del maltrato animal legalizado un Bien de Interés Cultural, que no se consiguió (no es lo mismo Bien que Patrimonio), y el texto aprobado sufrió numerosas enmiendas terminando por ser muy diferente al que se presentó. De hecho, durante el debate ante la Comisión de Cultura del Congreso de los Diputados, en el que participó un veterinario de nuestra asociación, quedaron en evidencia las numerosas inexactitudes que contenía. Sobre las irregularidades en la recogida de firmas, la ampliación de plazos para obtenerlas, y de cómo se llevó a cabo, mejor lo discutimos en otro foro.

Usted sabe, porque es taurino, que las corridas de toros en Cataluña, con dos siglos de brillantez y esplendor, estaban muertas, y que tan sólo la presencia de José Tomás fue capaz de conseguir el “no hay billetes” en La Monumental de Barcelona. También sabrá que la mayoría del público que acudió ese tarde a la plaza no era catalán.

Le animo a que eche un vistazo a la Ley de Protección Animal de Cataluña y la compare con la de otras comunidades autónomas; de hacerlo, seguro que entenderá muchas cosas.

Y sí, nos adelantamos a lo que está pensando y nos solidarizamos con la idea de que los festejos populares que se celebran allí también deben ser prohibidos, y se está trabajando para conseguirlo. Por nuestra parte no vamos a escatimar esfuerzos.

Dado que se acusó al gobierno catalán de prohibir las lidias en plaza, por el tufo español que despedían, le recordamos que, con la complicidad de ese gobierno autónomo, el catalán, se celebraron durante algún tiempo y en algunas ganaderías de esa comunidad, lidias sin sangre que hicieron pasar por tentaderos. Fue un juzgado de Barcelona y no la Generalitat la que obligó a su suspensión prohibiéndolas por considerar que infringían su Ley de Protección Animal. AVATMA realizó el peritaje para que aquella sentencia fuera posible junto a la Fundación Franz Weber y la Asociación Libera, que fueron las organizaciones que presentaron las denuncias pertinentes.

Al recurrido aforismo de la defensa de la tauromaquia en base a que grandes representantes del arte y de la cultura la plasmaron en sus obras, poco vamos a comentar, porque aburre. Los que trabajamos por la abolición de la tauromaquia también tenemos nuestro listado de importantes pensadores, escritores, pintores, y personajes mediáticos, pero no hacemos casi nunca uso de él, porque consideramos que el hecho de que una persona haya sido brillante en la faceta profesional que ha desempeñado, no implica que lo que ha defendido, en este caso la tauromaquia, sea bueno o recomendable. La ética en el comportamiento humano no siempre va acompañada de las excelencias de las “titulitis” y mucho menos de los doctores “honoris causa”. La ética cambia con el tiempo.

El movimiento por la abolición del maltrato animal, en todas sus formas, sean éstas legales (excepciones a las leyes de la protección animal en forma de tauromaquia) o ilegales (consideradas ya como delito en nuestro código penal), es evidente que no comprende el afán de castigar a una serie de animales, los de raza de lidia, y que ese maltrato se reconozca como arte.

No hay arte en provocar lesiones físicas y sufrimiento emocional, no hay arte, no puede haberlo, en provocar hemorragias, dolor, estrés, acidosis láctica y miopatías, entre otras sensaciones y alteraciones orgánicas, como no lo hay en atravesar la cavidad torácica con una espada de acero o destrozar el tronco encefálico con un cuchillo. Como decía recientemente Forges: “no hay arte sin compasión”.

Le animamos a que lea las razones por las que la Unión Europea prohibió en sus mataderos el uso de la puntilla, aunque sabemos que como veterinario, lo sabe.

Le animamos a que en la próxima corrida de toros a la que asista, siga mirando al toro, preferiblemente a su cara, una vez que haya doblado las manos en la arena, con el estoque clavado, mientras el puntillero realiza su trabajo; tampoco deje de observar a aquellos a los que se les extrajo el acero para que la hemorragia torácica fuera más eficaz, o cuando se lo sacan porque fue clavado de forma poco estética; ¿le suenan las estocadas que “hacen guardia”?

Le animamos a que observe su rostro, cuando aculado en las tablas, si es que pudo llegar a ellas, se rinda a la evidencia de su inferioridad, de su derrota, y se deje descabellar las veces que sean necesarias sin inmutarse.

Le animamos a que reflexione sobre la frase que un día escribió don Manuel Vicent, cuando las mulas arrastren al toro por la arena de la plaza: “la lidia de un toro consiste en transformar a un bello animal en una albóndiga sangrante”, o aquella que escribió Blasco Ibáñez cuando una vez que Gallardo, el torero protagonista de su obra “Sangre y Arena”, ha sido retirado del ruedo, ya cadáver, y empieza la lidia del siguiente toro: “rugía la bestia, la verdadera, la única”.

Y es a partir de ahora cuando podemos hablar de sensibilidad, de eso que usted califica como sentimiento, como único ¿argumento?, y que nos agrupa a los antitaurinos en nuestro trabajo por la abolición de la tauromaquia. Nosotros, a esa sensibilidad que usted dice compartir, lo llamamos empatía, eso tan sencillo como es ponerse en lugar del otro, aunque ese otro sea un morlaco de 500 kilos que lucha por sobrevivir desarrollando para ello todos los mecanismos de defensa (parte de su etograma), de los que la selección genética a la que le ha sido sometido por ser humano le ha dotado.

Es algo tan sencillo como no desear que le hagan a otro lo que no que querrías que te hicieran a tí, aunque ese otro tenga cuernos y dedique la mayor parte de su vida a rumiar; ese otro que desconoce cuando sale por la puerta de chiqueros, que está allí para morir; ese otro que desconoce lo que es la muerte, pero sabe y entiende que, tras el tercio de varas, tiene que luchar para defender su vida. Podríamos reflexionar sobre esta paradoja que parece una contradicción. ¿Por qué huyen o luchan los animales si no saben lo que es la muerte? ¿Por qué su instinto y su aprendizaje les dicen lo que deben hacer para defender su vida?

La vida, ese “algo” de lo que algunos consideran que no tienen consciencia o conciencia, cómo se prefiera. Para qué luchar por la supervivencia. Para qué defender algo que no sabe que se tiene o se posee.

¿Insensibles? ¿Sádicos? ¿Pescadores de caña? ¿Taurinos? Hay determinadas partes del discurso que utiliza el movimiento por la abolición de la tauromaquia, y de cualquier tipo de maltrato animal, con las que una parte de nuestro colectivo puede no estar de acuerdo y que a veces no comparte, pero que entendemos. Se ha olvidado usted, quizá de forma no intencionada, de la caza, tan arraigada al mundo del toro. Resulta curioso que cuando ustedes tienen que defenderse, saquen a pasear otros tipos de actividades en los que el sufrimiento de los animales también es evidente.

No cabe en este espacio establecer un debate comparativo entre la pesca deportiva y los toros como formas de entretenimiento con las que disfruta parte de nuestra sociedad. Podemos, eso sí, hablar de la temporalidad de ambas actividades a lo largo de la historia de nuestra especie, la del homo sapiens y de nuestros antepasados los “homo sin sapiencia”, que ya hace millones de años desarrollaron la capacidad de capturar peces con anzuelos hechos de huesos.

Una nace como necesidad para su supervivencia, la de obtener alimentos, y la otra con un fin lúdico y con un componente hormonal claro, el de la testosterona. Una forma de diversión es activa, y la otra, de la que disfruta usted en los tendidos, es pasiva. Un pez sufre cuando es pescado, eso nadie lo discute, pero siendo usted veterinario debería saber y lo sabe, que en nuestro código alimentario la carne de toro lidiado no tiene la misma consideración que la carne de un pez pescado. Suponemos que no será necesario que le recordemos las diferencias y las razones por las que  es así.

De los diferentes tipos de alimentación que puede elegir nuestra especie, a diferencia de otras, son muchas las opiniones y muchos los escritos y tratados, que todos podemos leer en revistas científicas de prestigio internacional; una vez analizada toda la información, cada uno de nosotros, dotados de la capacidad de elegir, elegiremos lo que nos parezca conveniente. Somos la única especie que puede hacerlo.

Habla usted de arraigos antropológicos, éticos y estéticos. Esperamos que no comulgue usted con la creencia de que ya los humanos de la Prehistoria lidiaban toros salvajes, como afirma el periodista taurino André Viard, haciendo uso de una hilarante interpretación de algunas pinturas rupestres. La realidad humana ha cambiado mucho a lo largo de los años, de hecho somos una especie en constante evolución cultural y hemos establecido, por sentido común, muchos cambios en cuanto a nuestras costumbres. La actividad taurina tuvo su tiempo, su espacio, su explicación, pero lo que ha ocurrido recientemente en el ayuntamiento de su ciudad, Córdoba y en otras muchas, demuestra que la tauromaquia ha dejado de formar parte de nuestro tiempo; la tauromaquia y la absurda costumbre de hacer desarrollar comportamientos antinaturales a los animales salvajes en los circos, justificada en el hecho de que es la única manera de que los más pequeños vean de cerca a las “fieras”.

El colegio de veterinarios de Madrid cambió tan arraigada costumbre, con la que celebraba la festividad de los Reyes Magos, por una sesión de cine para los hijos y nietos de sus colegiados a petición de nuestra asociación. Ustedes creo que siguen celebrando la festividad de San Antón en el zoo de su ciudad y nosotros, los veterinarios de AVATMA, dando charlas sobre el maltrato animal.

Antes era políticamente correcto declararse taurino y ahora no lo es. Antes, los que estábamos dentro del armario éramos nosotros, ahora son los toreros como Castella los que arengan a sus seguidores a salir de él y a volver a llenar las plazas, como la de su ciudad, que hace años que no se llena, a pesar de las subvenciones. Y las buenas costumbres han decidido que nuestro dinero deje de ser utilizado en subvencionar el maltrato animal, por mucha ¿ética? y estética con lo que la usted quiere adornarlo.

La ética y la estética de la política está cambiando, y ha decidido cambiar de rumbo en cuanto a la consideración moral con los animales, y no hay vuelta atrás, aunque nos quede mucho por recorrer en ésa suya, y quizás nuestra, querida España.

La ética y la estética de los veterinarios también ha cambiado, y cada día somos más los que deploramos que nuestro colectivo fomente, promocione, y participe, como parte necesaria, en la ¿ética? de la tauromaquia; cada día somos más los veterinarios que nos pronunciamos y trabajamos contra el maltrato animal, pero aún son más los que sólo lo piensan; a ellos, a los que guardan silencio, y que en muchas ocasiones se muerden la lengua, les animamos a que formen parte de AVATMA, y den ese paso que sabemos que tarde o temprano darán. La mayoría de la sociedad nos lo pide y no la vamos a fallar. Siendo esto así, no hay nada de oportunista en nuestras reivindicaciones, porque nos asiste el derecho y la obligación de no maltratar animales por pura y simple diversión. ¿Oportunistas después de ocho años de trabajo a nuestras espaldas?

Dice usted que utilizamos imágenes impactantes, y no es cierto, utilizamos las que se pueden ver una tarde sí y otra también en un coso taurino. Aquí no hay fotos trucadas. Habla usted de argumentos “infundamentados” (será infundados) y simplistas. Por lo que a nuestra asociación respecta, que nos consta que conoce bien, los argumentos son los que hay, son los que son, argumentos con ciencia, con conciencia; argumentos sobre el sufrimiento del toro durante la lidia publicados y realizados por veterinarios taurinos, que quizás, cuando los escribieron y los publicaron, no sabían lo útiles que nos iban a ser.

Y terminemos con si es adecuado utilizar el término “tortura” en referencia a la lidia de estos animales. Dice usted que “tortura” significa etimológicamente: “hacer sufrir a un ser indefenso, ya sea por puro placer o para obtener algún beneficio como prestación a ese sufrimiento”.

Y apunta que el toro de lidia no es un ser indefenso, que el objetivo de la lidia no es hacerle sufrir, que si no estuviera predispuesto para la lucha, huiría, que pelea, que acomete, que ataca y se defiende, que combate ¡Pues vaya justificación!

Mire lo que dice de la palabra en cuestión el diccionario de la Academia de la Lengua: “Grave dolor físico o psicológico infligido a alguien, con métodos y utensilios diversos, con el fin de obtener de él una confesión, o como medio de castigo”.

No dice nada de indefensión ¿Sabe usted cuántas veces aparece la palabra “castigo” en el Reglamento de Espectáculos Taurinos? Le invitamos a que las que cuente

¿Sabe usted cuántos utensilios se utilizan durante la lidia para provocar dolor? Se los decimos, aunque lo sepa: divisa, puya, banderillas, estoque, descabello (a veces) y puntilla, y podemos añadir las farpas, rejones y banderillas en la modalidad de rejoneo.

¿Sabe usted cuál es el fin último de la lidia? Se lo decimos: obtener del toro una confesión, la de que es bravo, que acomete, que pelea, que se defiende, que ataca ¿No es éste el deseo de cualquier ganadero que se precie de serlo, para que se reconozca el éxito de su crianza, de su producto? ¿No es éste el deseo del público que paga, a veces, por ver el espectáculo?

¿Niega usted que al toro se le provocan dolor físico y padecimiento psicológico, y que son estos los fines de la lidia? Como veterinario no puede hacerlo, y sabemos que no lo hará. Entendemos que entenderá que un toro de lidia es alguien, de no ser así, tendrá usted que reciclarse.

Justificar el maltrato y la tortura que supone para estos animales el uso y el abuso al que se les somete en la plaza, llámese burla o engaño, en base a que no están indefensos, que acometen, y que no huyen, es defender la crianza de animales con el fin de que demuestren su “valor” y la manera de enfrentarse al castigo más cruel, a lo más sangriento, duro y violento, su lidia.

Vístalo de ética, de estética, o de antropología, que no dejará de ser lo que es. Creemos que usted, como veterinario, garante de la salud y del bienestar animal, no puede hacer este tipo de apología del sufrimiento de un animal.

Busque y rebusque en los numerosos artículos de Temple Grandin, en los que encontrará explicación a las respuestas de estos animales en los espectáculos en que son utilizados, que no son más que respuestas de miedo y de temor.

Y sobre los becerros que no responden a la tienta a campo abierto y que dado su “mal” comportamiento no se preparan para la lidia, ya sabemos, y usted también lo sabe, donde acaban ¿Se lo decimos? Entrenamientos de toreros, de rejoneadores, de novilleros, de aprendices de tauromaquia o de aficionados que pagarán por matarlos a estoconazos, o sacrificados en un matadero.

PD: Les sugerimos que una vez que los toros estén en la arena, dejen la puerta de chiqueros abierta durante toda la lidia, y que hagan una estadística de los que se van y de los que se quedan, sin necesidad de utilizar a los cabestros para que les conduzcan y les guíen, aun sabiendo que a algunos les costará volver al lugar en el que estuvieron encerrados y se les clavó la divisa. Un animal enfrentado al torero y a toda su cuadrilla, en un lugar desconocido para él, en el que se ponga donde se ponga siempre estará visible y en el que es obligado a ir al lugar que se considere oportuno en cada momento, acabará saliendo de la arena como salen prácticamente todos, o en el caso excepcional de que sea indultado, como salió “Ingrato” de la plaza de toros de Nimes, obviando todo lo que le pasó desde que fue embarcado en el camión de transporte:

 

  • Parte veterinario de “Ingrato” (Nimes):
  • Perdió 50 kilos durante la lidia (10-12 minutos). Salió de la arena con 43º C de temperatura.
  • Mayoral: tenía otra mirada al salir de la plaza, seguramente por el miedo que había pasado.
  • Los dos puyazos le abrieron dos trayectos: uno de 35 cm y otro de 22 cm.
  • Las banderillas le abrieron 6 trayectos de 10 cm.
  • Tenía una herida de 12 cm debida a la divisa.
  • Salió de la plaza angustiado, sangrando, aturdido, tembloroso, fatigado, desconcertado, deshidratado.
  • Las 15 horas de viaje a la ganadería le hicieron perder otros 20 kilos.

Asociación de Veterinarios Abolicionistas de la Tauromaquia y del Maltrato Animal (AVATMA)