Tercio de varas

En 1976, el veterinario don José María Romero Escacena, escribía:

“hay que evitar la causa primordial de las caídas del toro de lidia, que no es otra que ese inadecuado uso de la puya que tanto se viene prodigando hoy”.

Evidentemente su afirmación no es muy adecuada viniendo de un profesional que debería velar por el bienestar animal, ya que:

“la única manera de evitar las caídas de un toro de lidia en una plaza, sería acabando con la Tauromaquia”.

Pero mientras llega ese momento, que llegará, sigo recopilando textos y comentarios que mantienen en plena vigencia lo que la asociación a la que pertenezco, AVATMA, y yo, sostenemos para callar las voces de compañeros de profesión que deberían hacer una profunda reflexión en sus conciencias, y alinearse en las filas de la razón científica.

El resto del texto que voy a reproducir a continuación es del mismo autor, y está publicado en el libro editado por el Ilustre Colegio Oficial de Veterinarios de Sevilla, con el título: “Tres ciclos sobre el toro de lidia”, en el año 1976. Os aseguro que no ha perdido vigencia, y que corroborá aún más si cabe, todo lo que llevo manteniendo en los más de tres años que me enrolé en el movimiento por la abolición de la Tauromaquia.

Dice don José:

Estamos de acuerdo en que es necesario equilibrar la lucha y para ello hay que restarle poderío al toro para ejecutar la suerte con menos riesgo. Se hace pues necesario producir a las reses determinadas lesiones técnicamente estudiadas, para producir pequeñas hemorragias que descongestionarán el estado de excitación provocado por la excesiva gimnasía funcional desarrollada por el animal en los 15 o 20 minutos que aproxidamante dura la lidia.

“Aparte de los casos que he presenciado de inutilización, parcial o total, de los toros que fueron víctima del primer puyazo, pudiera acumular un sin fín de casos registrados por otros tratadistas, por lo que huelga insistir en ellos”.

Todos los tratados de Tauromaquia nos dicen bien claro que el puyazo ha de localizarse en el morrillo, pero: ¿qué es el morrillo?

“El morrillo del toro es la región carnosa o muscular, muy voluminosa, comprendida entre la nuca y la cruz, y ocupa en toda su longitud, el borde superior del cuello o cerviz, por lo que también recibe el nombre de cerviguillo. Al colocar la garrocha en todo lo alto del morrillo se puede cargar la suerte, sin miedo a lesionar ningún órganno ni grandes vasos sanguíneos. De esta forma, el toro ha sufrido el castigo sin deterioro orgánico que le incapacite para continuar la pelea, puesto que la puya ha lesionado tan sólo el músculo trapecio, músculo grueso, potente, regado, como todos los músculos, por ramificaciones de vasos sanguíneos que producen pequeñas hemorragias, que más bien le favorece. Ahora bien: ¿cuántos matadores actuales serían capaces de lidiar toros en las condiciones de aplomo perfecto resultantes de una suerte de varas según las normas clásicas? Quizás pudiésemos contarlos con los dedos de una sola mano, y aún nos sobrarían algunos”.

“¿Quién sale beneficiado de que la suerte de varas se realice incorrectamente? Los de siempre: la Empresa, Los toreros y los apoderados. Luego, se hará responsables a los ganaderos de las carencias de los toros, cuando éstas sean resultantes, bien de las exigencias caprichosas de unos o de los castigos excesivos producidos antes y durante la lidia por personal ajeno a sus servicios. Un toro bravo, bravísimo, si lo castigan en exceso en la suerte de varas como se practica hoy esta suerte, puede quedar tan agotado con un solo puyazo que automaticamente perderá toda su bravura”.

En referencia a la nueva puya que se acababa de aprobar, y que es la que se utiliza actualemente, decía Don José:

“Durante las corridas, la cruceta (tope situado a 8.5 cm de la punta de la puya) penetra más de una vez en el cuerpo del toro. Los toros siguen siendo víctimas del primer puyazo, lo que demuestra claramente que las heridas que produce el nuevo modelo de puya son tan agotadoras como las que producían las puyas de arandela”

(la puya de arandela que se encontraba situada detrás del encordado, fue aprobada en 1971, y se deja de usar justo cuando se publica este libro, es decir, en 1975). En este mismo texto se reconoce que los modelos anteriores de puya, en que no había tope, se llegaba a introducir en el toro hasta el palo de la garrocha).

“Hace tiempo que no he visto picar, ni por casualidad, en el morrillo, lo que me hace sospechar que los picadores consideran que esta región la tiene el toro como un adorno inútil. El morrillo no tiene ninguna relación con la cruz del toro, ni con su lomo, ni con sus paletillas, que son las lesiones que hoy se lesionan con las puyas, y sin embargo, aún existen, no ya aficionados, sino auténticos críticos que confunden estas regiones”.

En lo que se conoce como tercio anterior del toro se encuentran la cabeza, el cuello, y la parte anterior del tórax, con las extremidades anteriores o torácicas adosadas a ambos lados.

Así, pues, perforada por la puya la piel que recubre el morrillo, el primer músculo que se lesiona es el que recibe el nombre de “trapecio”, músculo grueso y ancho que tiene su origen en el ligamento de la nuca y en el supraespinoso, desde la primera vértebra cervical (atlas) hasta la décima vértebra dorsal o torácica, descendiendo por ambos lados de la espalda para terminar en la espina de la escápula, formando la envoltura muscular del borde superior del tercio anterior del tórax, protegiendo a su vez todo el borde superior del cuello, morrillo, así como las agujas, prolongándose posteriormente hasta la región dorsal. Lateralmente se extiende, en forma triangular por ambos lados, para insertarse en los bordes de ambas escápulas. Actúa como elevador del hombro, dirigiendo las escápulas hacia delante y arriba, y hacia atrás, y arriba.

Desprovisto el morrillo del músculo trapecio, aparece una segunda capa muscular formada por el “romboides”, que protege parte del ligamento cervical, en el que tiene su origen, yendo desde la segunda vértebra cervical (axis) hasta la octava vértebra dorsal o torácica, y se inserta en la cara interna de la escápula, actuando conjuntamente con el trapecio para reforzar la mecánica interna.

Separado el músculo romboides, encontramos el gran ligamento cervical, en el que se insertan también otros músculos del cuello, además de los ya descritos trapecio y romboides. El gran ligamento cervical presenta tres porciones perfectamente definidas. Estas son “porción funicular”, “porción ancha” y “porción laminar”, desde su inserción occipital en la nuca, hasta alcanzar las extremidades libres de las apófisis espinosas de las vértebras dorsales.

Dada la importancia anatómica de los órganos alojados en la cavidad torácica, merece un estudio algo más detenido, puesto que son lesionados con frecuencia por la puya. El armazón óseo de la caja torácica se halla limitado, superiormente por las superficies ventrales o inferiores de los cuerpos de las trece vértebras dorsales o torácicas; inferiormente por el esternón, y lateralmente por las trece costillas de cada lado. Los músculos intercostales son los encargados de cubrir los espacios entre vértebras, reforzados por otros músculos.

La base anterior de la cavidad torácica queda libre para dar paso, de fuera a dentro, a la tráquea y el esófago, y de dentro a fuera, a los grandes troncos sanguíneos de la arteria aorta y la vena cava en posición anterior. La base posterior del tórax se halla obturada, oblicuamente, por el diafragma.

De todos los órganos torácicos, el más facilmente lesionable por la puya, y que no debería serlo, es el pulmón (derecho o izquierdo según el lado por donde entre la pica)

Los pulmones son desiguales; el derecho es mayor que el izquierdo y suele pesar la mitad más que éste. Ambos se encuentran divididos en lóbulos por profundas cisuras interlobulares. El pulmón izquierdo se divide en tres lóbulos, cuyos nombres de adelante atrás son: “apìcal”, “cardiaco” y “diafragmático”. El pulmón derecho se divide en cuatro lóbulos, uno más que el izquierdo; el lóbulo intermedio se sitúa entre el cardiaco y el diafragmático. El lóbulo apical del izquierdo es mucho mayor que el del derecho.

El mediastino es un tabique longitudinal que va de arriba a abajo en la cavidad torácica, y la divide en dos cámaras laterales, revestida cada una de ellas por una membrana serosa llamada pleura, por lo que recibe el nombre del cavidad pleural.

Conforme se encuentran distribuidos los órganos torácicos, se ve lo fácil que es lesionar el pulmón, a poco que profundice la garrocha, si logra salvar el espacio intercostal. Cualquier lesión producida en ellos durante la lidia, podrá dar lugar a un derrame interno. Las lesiones pulmonares, generalmente producen la muerte en plazos más o menos breves, pero no es sólo la lesión producida la que acarrea la muerte, sino el cansancio, la fatiga, y el agotamiento físico que se desprenden de ellas. Un puyazo de hoy agota más al toro que cuatro o cinco que se realizaran en el morrillo. Un puyazo actual es suficiente para que el toro pierda en él todo su poderío y su bravura.

La única verdad sobre el tema que nos ocupa es que el castigo excesivo en la suerte de varas produce en el toro hemorragías abundantes, las cuales llevan consigo una gran pérdida de glóbulos rojos, con lo que disminuye ostensiblemente la oxigenación de los tejidos, y en consecuencia aumenta el acúmulo de gas carbónico, que dificulta la respiración y va provocando la muerte del animal por asfixia.

Cuando el toro abre la boca (hoy muy corriente desde el primer puyazo) indica que el castigo recibido fue excesivo: el abrir la boca es un síntoma de asfixia. Claro está que ése es el fin que persiguen los matadores: que el toro quede lo antes posible en estado preagónico para poder realizar esas “faenazas” que tanto entusiasman a la “muchedumbre”.

Aunque es muy difícil apreciar desde el tendido, incluso desde la barrera, los síntomas de agotamiento producidos por las hemorragias contínuas, sin embargo, las consecuencias inmediatas sí que las notamos facilmente. Después de un puyazo, de los de ahora, observamos que el toro sale de la suerte completamente exangue, indiferente a todo lo que ocurre a su alrededor. Si pudiésemos reconocerlo de cerca, notaríamos una gran palidez de mucosas; en la conjuntiva, la visión se manifiesta torpe; el ojo pierde brillo; en una palabra, la sensibilidad se oscurec”

Los pulmones, por su volumen ocupan la mayor parte de la cavidad torácica; por tanto, a poco que la garrocha penetre en esta cavidad, producirá una lesión aniquiladora en extremo. Una lesión de parénquima pulmonar con rotura de vasos provocará una hemorragía interna localizada en la cavidad pleural, lo que podrá conducir a una muerte lenta. Esta es una de las causas de las causas de las caídas de los toros”.

Pero los toros no sólo se caen por este motivo. He aquí, la razón: La puya perfora la piel y músculos superficiales de la región elegida por el picador (que nunca, ni por casualidad es el morrillo). Esto es más que suficiente para provocar un magullamiento de los músculos lesionados, con la consabida rotura de los vasos sanguíneos encargados del riego de tales músculos. La sangre fluye al exterior, dando lugar a una gran pérdida de glóbulos rojos, por una parte, y por otra, la sangre que no sale al exterior busca nuevos cauces dentro del propio tejido lesionado y los adyacentes, infiltrándose en ellos. Por regla general, los puyazos actuales se localizan en el dorso y lomo del toro, siempre bastante trasero, y cuanto más trasero, llega la sangre con más prontitud a los cuerpos de las vértebras alcanzadas por la puya; entonces la infiltración se verifica con facilidad a través de las articulaciones intervertebrales, invadiendo el conducto medular, con la inevitable compresión de la médula, que, irremisiblemente, produce una parálisis parcial o total, según la cantidad de sangre infiltrada en el conducto medular.

La puya puede penetrar en el cuerpo del toro con más o menos oblicuidad. Si entra por todo lo alto de las agujas, o sea, la parte más alta de esta región, perfora logicamente piel, el músculo trapecio y el romboides, y siguiendo una oblicuidad opuesta a la de las apófisis espinosas de las vértebras dorsales, según sea la penetración más o menos profunda, lacera los tejidos que encuentra en su camino. Podemos además decir sin temos a equivocarnos que la pica alcanza muchas veces un espacio intercostal lesionando el pulmón correspondiente al lado por el que entró. Sólo con que penetre hasta la cruceta es suficiente para lesionar, además de los músculos superficiales, los músculos dorsal, ancho, y multífido dorsal, que se encuentran relacionados con las apófisis transversas de las vértebras dorsales, que por lo tanto van a ser facilmente lesionables por la puya, puesto que éstas llegan casi siempre a los cuerpos de las vértebras dorsales. Regados estos músculos por la arteria dorsal, el primero, y por las intercostales ambos, e inervados por las ramas dorsales de los nervios torácicos, al ser lesionados los citados músculos por la puya, son destruidas las ramificaciones sanguíneas que los riegan, y la sangre se extiende en la forma ya descrita, infiltrándose por al conducto medular.

PROHIBIDO SU USO