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COMPARECENCIA CONGRESO DE LOS DIPUTADOS TRAMITACIÓN DE ILP TAURINA PARA SU DECLARACIÓN COMO BIC. 15-20 minutos. 11 de julio de 2013. Congreso de los Diputados. Comisión de Cultura.
Hace poco más de tres años comparecí ante la Comisión de Medio Ambiente del Parlamento de Catalunya durante la

tramitación de la ILP que permitió la prohibición de las corridas de toros en ese territorio. Hoy estoy aquí por una razón muy distinta: la tramitación de una ILP que quiere hacer de la tauromaquia Bien de Interés Cultural. Es evidente, por tanto, que los fines son muy distintos, pero mi discurso no va a ser sustancialmente diferente del que pronuncié en aquella ocasión.

Diré, a modo de introducción, que como veterinario con 32 años de experiencia y que ha trabajado con diferentes especies animales, considero la tauromaquia, en todas y cada de sus manifestaciones, un ejercicio no sólo de maltrato, sino de tortura animal, y por tanto alejado de lo que puedo considerar como un Bien Cultural en el siglo en que vivimos.

La definición de TORTURA es clara: “Grave DOLOR físico o psicológico infligido a ALGUIEN con métodos y UTENSILIOS DIVERSOS, con el fin de obtener de ÉL una CONFESIÓN o como método DE CASTIGO”.

Me podrán poner la pega de que un bóvido de lidia no es ALGUIEN, y que por tanto no es ÉL, pero no he venido aquí a hablar de cuestiones metafísicas, sino de sufrimiento animal. La ciencia admite que los bóvidos son seres “sintientes” y por tanto susceptibles de padecer dolor cuando son castigados con utensilios diversos, y además: ¿qué otro fin tiene la lidia que no sea obtener del toro una confesión? La confesión de que es bravo, y que tiene fuerza, fijeza y movilidad. La confesión de que es un toro de lidia.

En la lidia se usan UTENSILIOS DIVERSOS (divisa, capote, puyas, banderillas, rejones, farpas, muleta, estoque, descabello y puntilla); prácticamente todos provocan dolor y se utilizan para castigar y hacer confesar al toro su condición, la justificación de su existencia.

La lidia consta de tres tercios: el de varas, el de banderillas y el de muerte. Antes de salir al ruedo se colocará en el morrillo o cuello del animal la divisa (enseñar la divisa).

Sobre el primero de ellos, el de varas, el Reglamento de Espectáculos Taurinos dice en su artículo 72: “… Las reses recibirán el CASTIGO apropiado…”; “el presidente resolverá lo que proceda a la vista del CASTIGO recibido por la res”; “el presidente ordenará el cambio de tercio cuando considere que la res ha sido suficientemente CASTIGADA”; “… ordenado por la presidencia el cambio de tercio, los picadores cesarán de inmediato el castigo”.

La puya, el utensilio utilizado para castigar al animal en el tercio de varas, mide entre 7,6-8,9 cm, de los que 2,9 cm corresponden a una púa piramidal tan afilada en cada una de sus aristas como la hoja de un bisturí. En función del lugar en que sea clavada, va a romper y destrozar más de 20 músculos, tendones, ligamentos, vasos sanguíneos, nervios, estructuras óseas de vértebras torácicas, costillas, escápulas, y a veces, lesionará la pleura provocando neumotórax. Va a abrir trayectos que pueden llegar a tener una profundidad de 30 cm, con una media de 20 cm; se ha calculado que cada puyazo abre 7,2 trayectorias diferentes. Hará que el toro pierda entre un 8 y un 18% de su volumen sanguíneo, es decir, entre 3 y 6,75 litros de sangre.

El siguiente tercio de la lidia es el de banderillas, que se clavan en los músculos en número de 6. (Enseñar las banderillas). Su función es provocar más dolor en las zonas previamente lesionadas por los puyazos, y hacer perder más sangre al animal. Las banderillas llevan una pieza metálica de 6 cm de los que 4 cm pertenecen al arpón. El reglamento taurino dice que si el toro, por su mansedumbre, no pudo ser picado adecuadamente, podrá ser castigado con el uso de las banderillas negras. Éstas miden 2 cm más y son más anchas que las convencionales. Reciben el nombre de avivadores y esto es así porque sirven para encolerizar y estimular al animal, que suele salir del caballo del picador bastante debilitado. Si provocamos dolor en una zona recientemente lesionada, éste será aún mayor. Es ésta una práctica común en las torturas. En la modalidad de rejoneo los utensilios utilizados constan de cuchillos de doble filo que miden entre 15 y 18 cm, arpones de 7 cm y un rejón de muerte que mide 60-65 cm.

Después de la faena de muleta, la lidia termina con el tercio de muerte, la “suerte suprema”. El diestro introducirá en la cavidad torácica del animal una espada de acero de un máximo de 88 cm que seccionará todas las estructuras anatómicas que encuentre a su paso. (Enseñar el estoque). Existe lo que los taurinos denominan la “estocada ideal”, que acortará la agonía, pero lo cierto es que, según las estadísticas, este tipo de estocada sólo se produce en el 20% de los casos; mis estadísticas dicen que ni siquiera se llega a ese paupérrimo porcentaje, que no pasa del 14%.

¿Y qué es lo que el estoque va a hacer una vez que ha sido introducido? Provocar un sangrado más o menos copioso según los órganos, venas y arterias que haya seccionado; en definitiva, hacer padecer al animal una lenta asfixia mientras su tráquea, bronquios, pulmones y cavidad torácica se encharcan de sangre. Habrá toros que se traguen su propia sangre, otros que la expulsen por los ollares y/o la boca, y otros que sufrirán una parálisis parcial o total del nervio frénico, indispensable para la función respiratoria; en este último caso, el estoque traspasará el diafragma clavándose en su hígado y/o en su panza, provocando una asfixia aún más agónica. Esto ocurre exactamente, según estudios taurinos, en el 9,5% de las estocadas.

Tras la estocada se podrá optar por el uso del verduguillo para descabellar. Se trata de una espada que lleva, a 10 cm de su punta, un tope, y que una vez utilizado va a seccionar la médula espinal y quizás parte del bulbo raquídeo, dejando al toro tetrapléjico; si estaba en pie caerá y si estaba tumbado facilitará la labor del puntillero. No piensen ustedes que esta maniobra se lleva a cabo una sola vez sobre el mismo animal. Es evidente que el número de descabellos dependerá de la pericia del que los aplica, pero algunos de los considerados primeros espadas han necesitado, a veces, hasta 8 descabellos para hacer doblar las manos a un toro. Imaginen ustedes los descabellos que necesitarán un aprendiz o un novillero. A las crónicas taurinas y a los vídeos que se pueden ver en internet me remito.

Y la faena se remata con la puntilla, un cuchillo de 10 cm de hoja que se introduce entre el hueso occipital y el atlas (primera vértebra cervical) para clavarse y rebanar el tronco encefálico o bulbo raquídeo, un centro nervioso que pone en comunicación la médula con el encéfalo y que se ocupa, entre otras funciones, de regular el latido cardiaco y la respiración. (Enseñar la puntilla). El resultado será una lenta parada cardiorrespiratoria. ¿Piensan ustedes que ésta es instantánea? ¡Ojalá lo fuera! La lesión del bulbo raquídeo, en función de la zona en que se produzca, puede hacer que un animal, incluido el ser humano, pase el resto de su vida postrado, siendo consciente, pero sin poder mover ni una sola parte de su cuerpo. Resulta por tanto evidente que si la puntilla no fue adecuadamente utilizada, el corte de orejas, en caso de producirse, y el arrastre posterior, será percibido y sentido por el animal.

La puntilla fue prohibida en todos los mataderos de la UE por considerarse un método cruel de dar muerte a un animal. ¿Y por qué es cruel? Pues lo es porque se ha demostrado que más del 90% de los bóvidos que son sacrificados por este método, presentan reflejos compatibles con la vida durante el sangrado posterior, y que por tanto no provoca la muerte instantánea. De hecho, hay declaraciones en prensa, realizadas por un mulillero de Las Ventas y de veterinarios de espectáculos taurinos (confesiones privadas), que dicen que hay toros que llegan vivos a los desolladeros de las plazas. ¿Han visto ustedes a toros levantarse varias veces después de ser apuntillados una y otra vez en el ruedo hasta que sucumben? Yo sí; es una de las cosas más terribles que he visto, y entenderán ustedes que como veterinario “lo he visto casi todo”.

Puede que ahora piensen que el tremendo sufrimiento que padecen estos animales, queda reducido a lo que hasta ahora les he expuesto, que no es poco, pero no es así. Existen muchos otros daños físicos y que no se ven:

-El 60% de los toros lidiados sufre fisuras o fracturas de cráneo por el choque de sus cabezas contra el estribo del picador. Lo llaman en la jerga taurina “el crimen del estribo del picador”.

-Un 23% de toros sufrieron lesiones oculares antes o durante la lidia, algunas de ellas de mucha gravedad. Las roturas de cuernos y fracturas de extremidades son otros de los “accidentes” del espectáculo.

-32 parámetros sanguíneos han sido medidos en toros lidiados y muertos, y NINGUNO de ellos, repito, NINGUNO, estaba en valores normales o fisiológicos. Me refiero a marcadores de la función renal, hepática, muscular, electrolitos, glucosa, y hormonas marcadoras del sufrimiento y del estrés en bóvidos. Todos ellos estaban alterados y por tanto fuera de lo que los veterinarios consideramos como normales, es decir, los esperados en un animal sano y exento de sufrimiento.

-Todos los toros sufren importantes lesiones en los músculos encargados de la locomoción por el terrible esfuerzo físico que tienen que realizar para intentar adaptarse a las exigencias de la lidia, y que demuestran su inadaptación a la misma.

-Todos los toros muestran, tras la realización de gasometrías, altos niveles de dióxido de carbono y una importante falta de oxígeno en su sangre y sus tejidos, lo que conocemos como hipoxia y que conduce a una grave insuficiencia respiratoria patente durante la lidia.

-Todos los toros muestran, hacia el final de la lidia, una importante disminución de su capacidad visual, hasta tal punto, que difícilmente son capaces de distinguir objetos. Esto es debido al dolor, fatiga muscular, constante fijación de la mirada, pases rápidos por parte del torero y sus subalternos, y el agotamiento de los centros nerviosos que se ocupan de la visión. ¡Hasta el capote y la muleta prococan estragos en estos animales!

Y llegados a este punto, creo que todos ustedes convendrán conmigo, independientemente de que sean taurinos, antitaurinos, abolicionistas o indiferentes, que lo que se conoce como lidia de toros es un espectáculo cruel, cruento, y que supone maltrato y tortura animal.

Sé que algunos de ustedes habrán oído hablar de una hipótesis que apareció en 2007, en la que se decía que el toro no sufre tanto como suponemos. Se afirmaba que estos bóvidos, cuando son castigados, descargan grandes cantidades de unas hormonas llamadas endorfinas, que les hacen neutralizar el dolor. Incluso se llegó a decir que podrían sentir placer. Ahora ya no lo dicen. A estas sustancias se las llegó a llamar las hormonas del placer y de la felicidad. ¡Un desatino!

¿Quieren saber ustedes por qué durante la lidia estos animales descargan grandes cantidades de estas hormonas? Porque no tienen más remedio y porque sus respuestas son exactamente iguales a las que presentaría cualquier mamífero que fuera sometido a semejante tortura. La ciencia así lo dicta en los numerosos estudios que los veterinarios de nuestra asociación hemos recabado.

Las endorfinas se producen cuando hay un grave deterioro orgánico, provocado por acidosis metabólica, cuando hay lesiones musculares, cuando se realiza un ejercicio extenuante para el que no se está preparado (las reservas energéticas de estos animales quedan agotadas), cuando hay falta de oxígeno, deshidratación, hemorragias, hipovolemia, inmunosupresión, hiperglucemia, dolor, estrés, heridas, traumatismos, hambre y sed; es decir, cuando hay todo lo que los toros padecen durante la lidia, que les he explicado y que seguro han entendido. En definitiva, cuando hay DOLOR físico y SUFRIMIENTO emocional, con mayúsculas.

No quiero dejar fuera de mi intervención a todos los toros, novillos, becerros, vacas y vaquillas que sirven de entretenimiento y diversión a muchos ciudadanos en lo que se conoce como festejos populares. Animales criados en ganaderías de lidia que son ensogados, embolados (¿conocen algún animal que no tenga pánico al fuego?), perseguidos con vehículos en campo abierto o alanceados en el esperpéntico torneo del Toro de la Vega de Tordesillas, contra el que muchos taurinos y políticos se han manifestado; animales a los que se hace nadar en el mar contra su voluntad y que, en ocasiones, mueren ahogados; animales burlados a los que se lleva hasta el máximo agotamiento físico y mental, para darles muerte de las más indignas y variadas maneras. Y tampoco dejaré fuera a los utilizados en lidias privadas, en entrenamientos, en tentaderos, en escuelas de toreo, o en lo que se conoce como lidias incruentas que son crueles. Y no los quiero dejar fuera porque todo esto también es tauromaquia, lo que se quiere hacer Bien de Interés Cultural. Tampoco quiero dejar fuera a los caballos de rejoneo que, en ocasiones, mueren eviscerados como consecuencia de las cornadas, ni a los caballos de los picadores, que sin duda también sufren. Y por supuesto tampoco dejaré fuera a los toreros y a sus subalternos, ni a los ciudadanos que sufren las cornadas de los toros.

Y ya que debatimos sobre si la tauromaquia puede ser considerada cultura con mayúsculas, les leeré una cita del escritor Blasco Ibáñez que aparece en su libro “Sangre y Arena”. Decía Don Vicente: “La lidia de un toro es un obra de arte que solo produce un cadáver. A través de la lidia, el toro, que nunca antes había estado en una plaza, aprende a ser toreado, es decir, aprende a ser lo que hasta entonces ha sido sin saberlo, un toro de lidia, y justo cuando lo aprende, descubre que ese destino de transformación en sí mismo concluye con un final: la muerte a manos de su maestro. Una paradoja.”

Vivimos en un país en que el maltrato animal es considerado como algo normal, banal, tradicional, propio de nuestra idiosincrasia, y que cuando los que lo sufren son animales de lidia, es promocionado, subvencionado, vitoreado, aplaudido, y permitido por nuestras leyes e incluso reglamentado. ¿Es esto lo que quieren hacer algunos de ustedes Bien de Interés Cultural? ¿Quieren hacer Bien de Interés Cultural de España el maltrato y la tortura animal? No lo hagan. Se lo pido en nombre de una mayoría social de la que los veterinarios abolicionistas de la tauromaquia formamos parte, a la que hoy aquí represento, y del Grupo de la Izquierda Plural, al que agradezco la oportunidad que me ha dado de intervenir en este debate.

Muchas gracias.

Texto remitido a los portavoces de la Comisión de Cultura del Congreso de los diputados

Como respuesta a la carta que, D. Fernando Gil Cabrera, licenciado en Biología y doctor en Ciencias Veterinarias les envió, cuestionando algunas de las informaciones, que nuestro presidente transmitió a sus señorías, durante su comparecencia el día 11 de julio de 2013. Este texto ha sido acompañado de una amplia bibliografia y de datos científicos que certifican que la lidia de toros es un ejercicio cruel, y cruento de maltrato y tortura animal.

Se hacen eco de nuestra ponencia en el Colegio de veterinarios de Cádiz

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