Una tarde en Las Ventas. El miedo como protagonista.

 

El lunes 4 de junio estuvimos en Las Ventas. 28º festejo de abono de la feria de San Isidro. Habíamos elegido esta corrida por dos razones: la terna de toreros no era de los más conocidos, y los toros que se lidiaban no eran de una ganadería puntera, es más, eran de los considerados “difíciles”.

Seguramente se trataba del festejo menos atractivo de todos los programados para este feria, y se confirmó por la pobre entrada que tuvo. 11.191 espectadores (datos de la empresa), es decir, menos de media plaza (aforo para 23.624), aunque algún medio como Aplausos haya mentido y la haya cuantificado en más de media.

Resulta curioso que los empresarios de Plaza 1 hayan dicho que han vendido 16.000 abonos para toda la feria, aunque así debe ser, porque solo se ponen a la venta para cada festejo 7.553 localidades. ¿5.000 abonados se quedaron en casa? Evidentemente alguno faltó, pero la razón es que 5.000 abonados no pudieron vender la entrada de su abono para este festejo. Sabemos que hay muchos de ellos que ni siquiera van a los toros, y se dedican a vender las entradas para los festejos malos, aunque a veces no lo consiguen, y venden las de los buenos a precios más altos para compensar y ganar algún dinero. Reventas con clase, que se llaman. También sabemos de otros que sólo van a los festejos con los toreros o las ganaderías de relumbrón. Todo legal y legítimo en estos mundos del toro. En cualquier otro espectáculo los abonos son personales e intransferibles. Un matiz: hay abonos para 23 festejos, que serán la mayoría de los vendidos, y para 32.

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Tres toreros en la arena: dos españoles, Octavio Chacón y Esaú Fernández, y uno colombiano, Sebastián Ritter.

Los toros pertenecían a la ganadería Saltillo.

Octavio Chacón: en lo que va de año había toreado previamente en 3 festejos en Francia. Durante el año 2017 lidió en 13 festejos, la mayoría de ellos en el país vecino, matando en total 26 toros.

Leemos hoy en prensa que su gran trabajo con el primer toro, en el festejo del que estamos hablando, le ha servido para estar presente el próximo 24 de junio en esta misma plaza.

Esaú Fernández: en lo que va de año había toreado previamente en dos festejos, uno en Francia y otro en un municipio de Ávila. Durante 2017 lidió en 7 festejos, la mayoría de ellos en plazas de poca categoría, salvo una actuación en Sevilla. Mató 15 toros.

Sebastián Ritter: durante lo que va de año había toreado previamente en 4 festejos, tres en Latinoamérica y uno en el sur de Francia. En 2017 estuvo presente en 3 festejos.

La ganadería Saltillo (Sevilla) participó durante el año 2017 en 3 festejos, dos en Francia y uno en Las Ventas, poniendo en plaza 12 toros. Este año era la primera vez que sus “productos” salían a un ruedo. Abundando más en sus estadísticas, en 2016 estuvo presente en 2 festejos, en 2015 en 1, en 2014 en ninguno… Se trata pues de una de esas ganaderías que no se sabe cómo sobreviven, y de las que, evidentemente, los toreros y los empresarios no quieren saber nada. Una ganadería que desde sus orígenes ha pasado por varias manos o familias, y que apuntan que inició su andadura a mediados del siglo XIX. Dicen que es uno de los encastes fundamentales en la historia del toro de lidia, y luego nos cuentan que sería una pena que se perdiera tanta riqueza genética y que esto ya es motivo suficiente para que la tauromaquia no desaparezca. Con lo apuntado creo que es suficiente para entender que la desaparición de determinados encastes es única y exclusivamente responsabilidad del mundo del toro. De hecho han acabado con los que han querido.

Cuando vamos a los toros, como veterinarios que trabajamos por la abolición de este desvarío cultural, vamos a verlos a ellos, no a los toreros. Vamos a ver cómo reaccionan y responden ante las maniobras envolventes a las que les someten para burlarles (que parece ser que nada tiene que ver con hacerles burla), engañarles y darles muerte. En esta ocasión nos interesaba ver cómo lo hacen los “complicados”.

Dicen que los 6 toros de Saltillo, eran mansos y muy peligrosos, y que, salvo el primero, no eran toreables. Toros para toristas, que dicen que son los que saben, y no para toreristas, que dicen que son los que no saben, vamos, los que van a los toros a otras cosas, es decir, la mayoría. Los toristas son los que saben valorar a los animales que se lidian, y saben distinguir a los que son “comerciales” de los que no lo son: toro bueno, toro malo, toro manso, toro bravo, toro noble, toro imposible.

Solo vimos la lidia de los 3 primeros, pero por lo que cuentan las crónicas taurinas, los 3 últimos fueron más de lo mismo. Lo que vimos fue a 3 animales muy asustados, que no quisieron saber nada de capotes y de muletas. Nos llamó la atención que antes del tercio de varas, ni los toreros ni sus subalternos, desplegaron prácticamente sus capotes. La razón no es que hubiera viento, que lo hubo, sino que, cada vez que los desplegaban para dar un pase, los toros los desnudaban. Fue una tarde de capotes y muletas por los suelos. Miedo, mucho miedo, más del que mostraban los animales, que ya es decir. El miedo que quedó evidenciado en los puntilleros, que clavaban sus cuchillos desde detrás de las cabezas de los animales, haciéndolo tan mal que dos de ellos se levantaron, uno hasta dos veces, después de ser acuchillado con la puntilla, mientras el público aplaudía su resistencia a morir. Ninguno de los que vimos fue descabellado previamente. Apuntillar a un toro sin descabellar, dicen, es una de las maniobras más peligrosas.

El tercio de varas, en los 3 toros, fue criminal, y de esto nada dicen los medios taurinos en sus crónicas. Bueno, sí, dicen que no embistieron a los caballos como lo debe hacer un toro de lidia, humillando y empujando. Un dato, el primer toro tumbó al caballo del picador, afortunadamente sin provocar lesiones serias. Casualmente todos ellos sufrieron los puyazos a escasos metros de nuestra localidad, en el tendido 7 (donde dicen que están los entendidos, los toristas), y lo que hicieron los picadores fue una escabechina, aprovechando que los toros se arrancaban desde muy lejos, a 13 metros del caballo, más o menos, algo alejados de la línea del segundo semicírculo marcado con cal. Los picadores obedecen las indicaciones de sus jefes, de los toreros, que son los que marcan el castigo que deben aplicar. Los puyazos caían en cualquier sitio: las escápulas, las costillas, el tórax, muy posteriores a la cruz, y alguno incluso casi en el rabo de uno de los toros, y la sangre saltaba por el aire saliendo a chorro de los músculos. Estos animales no sufrieron tres puyazos como dicen los cronistas, sino hasta 7 u 8, por los cambios de lugar de la puya que practicaron los carniceros a caballo, que recibieron todo tipo de improperios por parte del “respetable”. Y luego nos dicen que el tercio de varas ha perdido su utilidad y que no vale para nada. El tercio de varas, se pongan como se pongan, sirve para destrozar toros. En unos casos los hace toreables, y en otros, como ayer, sirve para evitar tenerles que torear. Otra vez el miedo.

De los 3 toros que vimos solo el primero fue capaz de entrar a la muleta de forma más o menos continuada y con cierto “interés”. Los otros dos, o huían o la embestían andando. No sé cómo se puede ser tan cínico calificando a estos toros de imposibles después de haberles inutilizado en el tercio de varas, pero bueno, los toristas son los toristas. Éstos, los del tendido 7, eran tan expertos que les indicaban a los picadores dónde debían ponerse, y hasta cómo debían colocar al caballo. El torista que yo tenía delante estuvo dirigiendo la lidia durante los dos primeros toros, y con el tercero ya se dio por vencido y prestó más atención a su teléfono que a lo que ocurría en la arena. Era la tónica general en los tendidos.

Y dicen que eran peligrosos. Pues sí lo eran, pero a pesar de su peligrosidad ningún torero, ni ninguno de los subalternos, fue herido. Bueno, en realidad ya se preocuparon ellos de tomar medidas para no sufrir percances, salvo algún desgarrón en el traje y en algún capote.

Los banderilleros colocaron casi más arpones en la arena que en los toros. Más miedo. Lo lógico cuando se lanzan los palos a 1 metro del animal para no tener que arrimarse. Se trataba de preservar su vida, y tener ventajas, y lo entiendo, porque los tres animales persiguieron a los banderilleros hasta los burladeros después de sufrir sus agresiones y alguno de ellos se libró por los quites de sus compañeros. Y cuando hablo de los banderilleros hablo de los toreros, a los que las crónicas califican de héroes por haberse enfrentado a estos toros “malos” de solemnidad. Pues mire usted, cambie de profesión y dedíquese a otras labores. En realidad sólo se toreó a uno, al primero, porque los otros dos fueron estoqueados pocos minutos después de que se iniciara la faena de muleta, esa parte tan valorada del tercio de muerte. Y los 3 que no vimos, también.

Y nosotros, que no entendemos casi nada de este rito ancestral (no me tomen en serio), no entendemos cómo, tantos toristas, quiero decir entendidos, pueden pedir una oreja para un torero que le clavó la espada a su primero casi en la vejiga, de lo trasera que fue. Que el presidente le concediera una vuelta al ruedo al animal es lo de menos, porque evidentemente al toro le importó una mierda, la misma a la que aludía hoy un cronista taurino con la frase: ¡A la mierda el Saltillo de Joaquín Moreno Silva!

Y ya sólo quedan 6 festejos para que acabe la feria del maltrato animal legalizado más importante del mundo, y haremos recuento del número de espectadores. A ver si es verdad, como dicen los taurinos, toristas y toreristas, que han asistido a ella más de 600.000 personas. Va a ser que no.

Y me quedo con la conclusión que sacó la compañera de profesión que me acompañaba, y que jamás había estado en una plaza de toros: `esto es casposo y asqueroso´. Y coincido con ella, lo es.

José Enrique Zaldívar Laguía.